domingo, 24 de abril de 2011

EL MANUSCRITO DE AVICENA

Discurso de la presentación de "El Manuscrito de Avicena", en Valdeande (Burgos)

 

Diputado
Alcaldes
Amigos





Buenas tardes.

¿Por qué elegí Valdeande para mi novela?

¿Por qué, existiendo tantos pueblos, tantas iglesias, tantos lugares de características similares, por qué elegí Valdeande?

Jose Alfonso Hernando tuvo la culpa. Hoy no puede estar entre nosotros por cuestiones laborales, pero le echamos de menos.

Vuestro paisano es un apasionado de los misterios que la naturaleza, la humanidad u otros seres han ido dejando en este pueblo y en otros.

Y, además, es capaz de transmitir esa pasión. Pasión por su Valdeande mágico que yo ahora comparto.

Cuando surgió en mí la idea de una novela cuyo objeto principal, el objeto de alguna manera mágico que toda civilización busca, debía ocultarse en un pueblo de España…, me sumergí en internet.

Navegué durante días entre páginas y páginas de pueblos castellanos, aragoneses, vascos, cántabros, gallegos y asturianos.

Por la época en la que la novela se iba a centrar, era necesaria una localización de la mitad superior de España, pues el resto aún era conquista de los árabes.

Y en un momento dado encontré Valdeande mágico, una página que me impresionó. Reunía en una única página web todos los misterios posibles que pueden rodear a una población: origen desconocido con distintas hipótesis, hallazgos históricos de procedencia dudosa, posible presencia de templarios, una losa, o quizá algo más que una tumba –eso lo tendrán que averiguar en la novela-…

En fin, el resto es fácil de deducir: me puse en contacto con él y le acompañé en una visita guiada por Eduardo.

La iglesia, esta iglesia en la que nos hallamos ahora mismo, fue lo que finalmente me rindió. La mezcla, tan característica de nuestro país, de diferentes estilos le confiere un aire mágico, de cuento de hadas. El comienzo de la construcción en un románico tardío y su finalización, aquí detrás, en un gótico temprano, hace de la iglesia de San Pedro Apóstol una obra de arte.

Nada más entrar, a su izquierda, pueden encontrar una palabra que nadie ha conseguido descifrar –quizá mi novela ayude a hacerlo, jeje-, tienen también a la virgen María sentada en el trono de Roma –es fácil de ver, les reto a que la encuentren, pero sino lo hacen mi novela les ayudará, jeje-.

Ustedes viven en un pueblo muy especial, de mágica procedencia y con extrañas curiosidades: cabezas pétreas sobre los tejados, flores de piedra en las fachadas, diosas madre….

Fijénse si todo lo que toca este pueblo es misterioso que incluso ese halo mágico ha impregnado la novela, haciendo de ella incluso una obra premonitoria.

Sí, una obra premonitoria. Pues cuando yo llegué a este pueblo, a finales de 2008, me encontré con una torre en perfectas condiciones. Y pese a ello la novela decidió, sin que yo tuviera nada que ver, créanme, que la torre debía ser inaccesible, que su escalera debía no ser más que un despojo inerte a punto de caer en algunos sitios, y desaparecido del todo en otros.

Y, como todos ustedes saben, hace más o menos un año, cuando la novela ya estaba acabada, su alcalde tuvo la desgracia de presenciar el incendio de la torre y el desplome de su escalera.

¿Premonición? ¿Coincidencia?

Crean lo que ustedes prefieran.

Pero no sólo me atrajo esa magia que envuelve al pueblo. Les leo un fragmento de mi novela:

“El pueblo dormitaba a las faldas de una pequeña colina. Unas pocas decenas de casas de piedra marrón se arremolinaban en un desorden de cuestas y estrechas calles. El sol se ponía ya por el oeste, pero aún se apreciaba una luz difusa que bañaba de rayos rojizos los tejados de los hogares que antaño guarecieron a sus propietarios. Desde esa distancia, el pueblo parecía un tupido ramaje de casitas que se aferraban a esa minúscula montaña nacida a sus espaldas. Y allá arriba, a pocos metros de la cumbre, una torre coronaba la aldea, enseñoreándose de cuanto había a sus pies”.

“A un lado aparecía también alguna granja desperdigada, como si la población hubiera tratado de expandirse conquistando territorio virgen en los costados de la villa, aunque la mayor parte de los valdeandinos había vivido pegados unos a otros desde tiempos inmemoriales”.

Como verán la estampa de su pueblo me cautivó desde antes de poner el pie en sus calles.

Y ahora les quiero presentar mi novela.

El Manuscrito de Avicena participa de la búsqueda que muchos antes que nosotros han emprendido. La búsqueda para perpetuarse, para encontrar la manera de vivir eternamente.

Algunos de mis personajes, quizá los más determinantes, se han contagiado de esa fiebre.

En realidad, todos tenemos un manuscrito que buscar, algo que a veces no sabemos muy bien qué es, pero que parece que puede resolverlo todo, la inmortalidad o cualquier otra cosa. Todos anhelamos un manuscrito.

Me he puesto un poco profundo. Tampoco crean que es una novela de altas pretensiones. Mi intención no es hacerles pensar.

Yo, créanme, no pensaba mientras la escribía.

El Manuscrito de Avicena también es una persecución moderna y llena de acción, donde actúan espías nacionales e internacionales y terroristas árabes

El médico Simón Salvatierra deberá cruzar toda Europa para encontrar a su esposa, que ha sido secuestrada por Al Qaeda. Por tanto, no falta una buena dosis de huidas y disparos, como en cualquier thriller del género policiaco.

Uno de mis amigos me advirtió que quizá había introducido demasiados elementos, como si hubiera cocinado una paella sin decidirme a hacerla de pescado, carne o verduras, y al final hubiese optado por meter un poco de todo.

Era difícil dejar algo aparte en El Manuscrito de Avicena. Esta novela son en realidad dos. Por un parte la búsqueda en la actualidad del manuscrito, y por otra la propia historia de este manuscrito a través de los tiempos.

Ha sido un camino largo y difícil. De hecho, creo que tanto José Alfonso como Eduardo o la consejala Nunci, alguna vez pensarían que habría sido de aquel chaval un poco rato que vino al pueblo diciendo que escribir una novela.

Afortunadamente, he contado con mi familia. A Lourdes, mi esposa, que está hoy aquí también, no puedo decirle otra cosa más que sin ella no hubiera existido esta novela; y a mis hijos, Javier y Paula, debo pedirles perdón, pues las miles de horas que dediqué a El Manuscrito de Avicena de alguna manera se las robé a ellos.

También quiero agradecérselo a un buen amigo, José Carlos, que hoy ha hecho muchos kilómetros para estar aquí con nosotros.

Y, por supuesto, a Eduardo, a Nunci y a José Alfonso. Gracias por permitirme esconder mi manuscrito en vuestro pueblo.

Para terminar, me gustaría decirles una última cosa

Con la publicación de esta novela, cumplo un sueño que comenzó no sé muy bien cuándo. Quizá mientras le robaba los tebeos a mis tíos para luego leerlos bajo las mantas de mi cama, tal vez al comprar mis primeros libros en Círculos de Lectores, allá por los 80.

Con El Manuscrito de Avicena abro un capítulo de mi vida largamente deseado. Espero que el primer fruto de este árbol les sepa tan bien como a mi me supo su creación.

Muchas gracias.